«Rendirse nunca, luchar siempre» Por Jose Manuel Infante

No recuerdo cuando conocí al maestro Jose Manuel Infante. Creo que fue en el torneo benéfico que organizamos hace 4 años, y que dió paso al que hoy conocemos como "La Batalla de Toledo". Posiblemente fue antes, pero fue desde ese momento en que comenzó a llamar mi atención, y poco a poco, evento tras evento, a ganarse mi respeto.

No recuerdo cuando conocí al maestro Jose Manuel Infante. Creo que fue en el torneo benéfico que organizamos hace 4 años, y que dió paso al que hoy conocemos como «La Batalla de Toledo». Posiblemente fue antes, pero fue desde ese momento en que comenzó a llamar mi atención, y poco a poco, evento tras evento, a ganarse mi respeto.Me gusta llamar maestro a quien considero como tal. «joder Nacho, que no me llames maestro», es lo que siempre me dice. pero siempre seguiré haciéndolo. Porque se ha ganado mi respeto. Hace unas semanas le operaban del corazón por octava vez, y hace dos días estaba dándolo todo de nuevo en «La Batalla de Toledo 3″… ¡Que puedo decir!


Me pide mi buen amigo nacho que escriba un articulo sobre mi experiencia en la lucha con la vida… ardua y difícil tarea, recomponer momentos y experiencias que son difíciles de aceptar a mi edad. Nunca he sido un campeón en esto de escribir, pero tampoco me han pedido nunca que lo intentara. Espero que este artículo no defraude a nadie.

Mi experiencia en la vida no es fácil. La lucha que mantenemos cada uno de nosotros con ella cada vez se agudiza más con la edad. Personalmente, la vida siempre me ha supuesto una tarea difícil de afrontar, llena de momentos duros y momentos muy buenos; aunque supone un reto recomponer todos ellos junto a las experiencias para poderlos expresar. Estas son difíciles de aceptar a mi edad.

«Aquél que camina por la vida con honor no teme a la muerte»

La primera vez que escuché este proverbio fue de la mano de mi maestro y segundo padre, Andrés López. En ese momento nunca llegué a pensar que esta frase se convertiría en una repetición constante en mi día a día y llegaría a ser, por decirlo de alguna manera, mi lema diario.

Empecé mi trayectoria marcial a los cinco años y, aunque obtuve mi primera titulación en karate a los quince; nunca me había planteado que este sería mi camino profesional. A partir de estos momentos claves, me empapé de historias marciales, de proverbios, consejos deportivos que acabaron envolviendo mi vida. Nunca llegué a creer que aquel “Bushido” sería tan importante para mí.

Cuando dejé atrás mi adolescencia, comencé a vivir mil experiencias marciales, situaciones reales ligadas al ejército y al mundo de la seguridad, un ámbito también muy presente en mi vida. Todo esto fue la certeza de que aquello que mi maestro me había inculcado estaba dando sus frutos y yo me encontraba dispuesto a recogerlos. En mí seguía, a lo lejos, ese códice llamado “Bushido”; recordándolo ahora suena todo a una película japonesa.

Foto: Mitch Navas (mnphotoandfilm.com)

Foto: Mitch Navas (mnphotoandfilm.com)

Fue pasando el tiempo y fueron llegando innumerables situaciones: agresiones, atracos, tiroteos, intervenciones, campeonatos… que me hacía crecer en conocimiento y en ganas de seguir aprendiendo, pues en la vida nunca se deja de aprender.

Con los años el esfuerzo iba siendo reconocido con agradecimientos y homenajes; siempre sorprendido de que un pobre diablo como yo pudiera llegar a tanta gente.

Quizás, a partir de estas experiencias, comencé a interesarme y a buscar ese camino más espiritual para dar significado a las acontecimientos de mi vida, a las experiencias físicas… y ahí, en todo momento, seguía el “Bushido”, presente en mi vida día tras día, como algo valeroso, temerarios,  algo que parecía despreciar algunos valores de la vida.

A los cuarenta años sufrí un infarto y mi vida cambió por completo. Todo se volvió oscuro y temido. Más adelante llegó mi diagnóstico: una enfermedad crónica coronaria. Un concepto que, hasta el momento, no había tenido lugar en mis protocolos de vida. Esta enfermedad apareció sin ser llamada y no fue bien recibida. El miedo a la muerte me inundaba y cada vez tenía más presente el hecho de abandonar involuntariamente a quienes quería.

Dejar la vida. Este miedo me poseía en cada operación. Ni si quiera las ganas de vida, mi karate, mi kempo, mi kick boxing,mi ninjutsu, mi mma… nada. Ni siquiera eso me ayudaba a enfrentar ese miedo cara a cara. Y, joder,  llevaba toda la vida entrenando para poder afrontar situaciones como esta, pero comprendí que nadie me había entrenado para esto.

Entonces comencé a entender de verdad a ese “Bushido”, entendí ese código samurái que no era otra cosa que un enganche a la vida. Y repasaba este código cada vez que entré en el quirófano, frente a esa luz blanca que hace que te confundas de lugar, que hace que te desubiques, que temas lo peor y que poco a poco te quema las pupilas.

Surgió en mí de nuevo esas ganas de vivir, de seguir entrenando y aprendiendo cada día de la vida.

Entendí que cada día había personas como yo, que se levantaban todos los días y se enfundaban su katana para no morir, para seguir viviendo.

Despúes de haber salido de mi sexta intervención y de tener un corazón lleno de muelles, miro atrás y doy gracias a las artes marciales, a mi maestro Andrés, a Óscar Magro por rescatarme de aquel precipicio…

Doy gracias a tantas personas que se han cruzado en mi camino que no cabrían en un par de líneas.

Gracias por darme unas pautas de valor, por enseñar a enfrentarme a las adversidades y hacer que no pierda la fuerza, aquella que imprimo en un “Mae gery” para meter un buen gancho a la enfermedad que me ha querido arrebatar de mi familia y amigos.

No me siento un samurái, ni mucho menos, pero sé que hoy por hoy he logrado entender lo que el código “Bushido” ha realizado en mí.

Ahora es cuando puedo repetir de mi propia boca las palabras que un día me enunció mi Maestro Andrés:

“AQUEL QUE CAMINA POR LA VIDA CON HONOR NO TEME A LA MUERTE”

No soy quien para dar consejos ni sentencias, pero he de dejar claro que las artes marciales y el deporte de contacto me han dado fuerzas para mirar a la cara a la muerte y entenderla como algo que camina conmigo pero que tiene que aguantar mi ritmo.

Gracias Nacho por esta oportunidad.

KOKORO NO KATA

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