jackie chan

La Academia de Hollywood hizo realidad el 11 de noviembre del pasado año el “sueño” de Jackie Chan al recibir el Oscar honorífico durante una velada repleta de estrellas: “No me lo creo, realmente esto es un sueño”, acertó a decir Chan al recoger su Oscar de manos del humorista Chris Tucker (su compañero en la saga Rush Hour)” visiblemente emocionado añadió: “Es un honor. Recuerdo cuando veía los Oscar y mi madre me preguntaba cuándo ganaría uno. Yo le contestaba que solo hacía películas de acción… Y mira, 23 años después, aquí estoy.”

Jackie Chan ahora está en la cúspide de su carrera, tanto en Occidente como en Oriente es una superestrella perseguida por enjambres de periodistas, invitada a los shows televisivos, festiva­les, fiestas, homenajes cinematográficos, y admira­da por las masas. Pero no siempre ha sido así, a sus espaldas lleva años trabajo, motivación, ilusión, dedicación plena, entusiasmo y poniendo su integridad física en riesgo en innumerables ocasiones para destacar sobre una legión de competidores, aparte de innovar y dotar a sus personajes de una comicidad de las que otros carecían, como declaraba hace unos años:

“El éxito no es cosa de suerte ni exclusivamente de esfuerzo, pese a lo que muchos crean. Por un lado basta con que no haya mala suerte; en lo que respecta al esfuerzo este es sin duda el factor más importante pero, dentro del mundo del cine, no es el único, la innovación es también primordial. Por mucho que te esfuerces, si no innovas, podrás tener un éxito temporal pero jamás serás un mito. Si yo me hubiera dedicado a imitar a Bruce Lee, como hicieron muchísimos actores de Hong Kong no solo habría sido uno más del montón, sino que me hubiera convertido en una sombra pálida y absurda del “Pequeño Dragón”. Yo innové y por eso triunfé”.

Más de 50 años dedicados a las artes marciales y más de 40 dedicados al cine, 113 pelí­culas en su haber, e innumera­bles esperan­zas, alegrías y decep­ciones componen el largo camino que Jackie se ha labrado para lograr el reconocimiento mun­dial. Hace unos años seguía siendo un gran desconocido para el público occidental, y casi todos sus films iban a parar directa­mente a las estan­terías de los video-clubs. Hoy en día, sin embargo, el público acude en masa a verle en el cine tanto en Oriente como Occidente.

Y en Estados Unidos ya es toda una figura pública, que aparece constantemente en prensa y televi­sión. ¿Por qué se ha tardado tanto en ‘descubrir’ y valorar la genia­li­dad de Jackie? ¿Y por qué le ha llegado el éxito precisamente ahora? ¿Por qué ha perseguido el éxito de esa manera sin escatimar riesgos físicos? Estas preguntas son las que trataremos de responder a lo largo de este artículo.

Para comprenderlo conviene primero realizar un rápido repaso biográfico. Jackie Chan nació en Hong Kong el 7 de abril de 1954. En el horóscopo chino este año está bajo el signo del Caballo, animal que representa fuerza y energía. La familia de Jackie provenía de la ciudad de Yintai, en la provincia de Shantung. La etnia de esta región es reputada en toda China por su corpulencia y agresividad, son gente amante de las proezas físicas que han dado al mundo grandes guerreros y artistas marciales. Sin duda Jackie Chan ha hecho honor a la sangre de Shantung que corre por sus venas.

Es tradición en China el dar varios nombres a una misma persona. El primer nombre de Jackie fue “Kong Sang” que significa “Nacido en Hong Kong”. El pequeño Kong Sang demostró ser bastante extraordinario desde su nacimiento, ya que era tan grande que se tuvo que practicar la cesárea para que viera la luz del día. Dio un peso de más de cinco kilos y medio. Jackie fue después un niño fuerte y sano que gozaba de una buena base física para cualquier tipo de deporte.

El padre de Jackie era un experto en Kung Fu Siu Hung Kun, pero se ganaba la vida cocinando. En 1940 se trasladó a Hong Kong para entrar como cocinero en la embajada francesa. En el 57, cuando Jackie era un niño, el comisionado para el que cocinaba su padre fue trasladado a Australia; antes de irse invitó a su cocinero y familia a acompañarle a este país. Estos aceptaron y así es como Jackie pasó su infancia en Australia. Sumergido en un entorno y educación británica donde comenzó el calvario para Jackie: le mandaron a la escuela. Por mucho que sus padres insistieran, prometieran y amenazaran, Jackie no solo era incapaz de ser bueno en ninguna materia escolar sino que tenía verdaderos problemas para pasar de un curso a otro.

En lo que realmente destacaba era en deportes y le encantaba realizar acrobacias; frente a esto, todo lo que tuviera páginas y letras le hastiaba y repelía. Su padre acabó rindiéndose a la evidencia y le dio la oportunidad de desarrollar sus habilidades físicas e intentar destacar en el mundo de las artes marciales:

“Recuerdo que desde muy pequeño mi padre me levantaba todas las mañanas a las seis para ir a correr, nadar y entrenar boxeo chino.”

Cuando Jackie regresó a Hong Kong en 1961 con 7 años de edad, y ante sus desastrosos resultados escola­res, es internado por sus padres en una academia pa­ra que aprenda el difícil oficio de actor de Ópera China. Sus padres de nuevo retornarían a Australia, donde su padre había recibido la oferta de ser jefe de cocina en la Embajada Norteamericana.

Los 10 años que estuvo en la famosa acade­mia de Yu Jim Yuen fueron durísi­mos, pues el implaca­ble maestro Yuen imponía a sus alumnos una cruel disciplina militar. Entrenaban más de 16 horas al día, los 7 días de la semana, y el maestro podía casti­garles incluso hasta la muerte. Como recuer­da Jackie:

“El maestro solo creía en tres cosas: disci­plina, trabajo duro y orden”.

Allí Jackie no sólo aprendió artes marciales, sino también canto, baile, actuación y acrobacias, pero sobre todo, apren­dió a hacerlo todo por sí mismo, a trabajar sin descanso y a buscar la perfección en cual­quier cosa que realizara.

Estas tres virtudes, que se forjó en los duros años de Ópera China, siguen caracterizando a Jackie y sin duda explican en parte su éxito. Jackie en efecto destaca, para empe­zar, por ser polifacé­tico, autosuficiente y muy completo. Además de actuar, también ha dirigido, producido, escrito y coreografiado muchas pelí­culas, y es famoso porque (casi) nunca se deja doblar en las escenas peli­gro­sas. Y como es bien sabido, el cine de acción de Hong Kong es reputado por la cantidad, calidad y especta­cu­laridad incom­parable de sus escenas peligrosas.

“Quiero ser autén­tico; por eso no quiero que me doblen, ni utilizar efectos especia­les. ¡Cual­quiera puede hacerlo! Pero si quieres destacar, tienes que hacer cosas diferentes. (…) Quiero que aquellos que vean mis películas se den cuenta que en todo momento Jackie Chan es Jackie Chan, nunca un doble”.

Este espectacular realis­mo ha estado a punto de costarle la vida varias veces, y no hay un hueso de su cuerpo que no se haya roto:

“Ya no recuerdo todas las lesiones que he sufrido: cráneo, nariz -muchas veces-, mandíbu­la, cuello, hom­bros, torso, espalda, los dos codos, cadera, ambas rodi­llas rotas, las piernas, los tobi­llos muchas veces… en todas partes. Pero no hay que preocuparse por las lesio­nes, son solo un problema mío: hay que ir a ver mis películas. Mi deber es hacer películas, y el vues­tro ir a verlas”.

La habilidad y temeridad de Jackie tienen también una explica­ción biográfica, pues nada más dejar la academia de Yuen, con tan solo 17 años, comenzó a trabajar como especialista en escenas peli­grosas dentro del naciente cine de acción oriental. Un oficio mal pagado, precario y arriesgadísimo en el que Jackie aprendió todos los trucos y en el cual se curtió entre mil caídas, volteretas y puñetazos. Así, el Torbellino de Hong Kong fue haciéndose un nombre gracias a su perfeccionismo, que aún conserva hoy en día:

“Yo nunca digo: ‘Esta toma no ha salido muy allá, pero pasa…’ No paro hasta que no esté perfecta, aunque no haga otra cosa en todo el día. (…) Busco la perfección antes que nada y a cualquier precio”.

Pero autosuficiencia, trabajo y perfeccionismo no son suficien­tes para destacar en el cine de acción de Hong Kong, donde miles de jóvenes pletóricos de cualidades y ambiciones luchan a diario por hacer carrera. Jackie tiene además una cuarta virtud que ha resulta­do definitiva: la creatividad, es decir, su capacidad de constante innovación. Este es el rasgo distintivo de cualquier genio.

“Cada actor marcial se ciñe normalmente a un solo estilo, ¿vale? Pues yo quiero ser diferente, y por eso en mis películas hago uso de cual­quier estilo: Kung fu, Jiu-jitsu, Taekwondo, Hapkido, acrobacias, de todo. Mis películas son como la comida china, el secreto está en mezclar todo tipo de cosas: comedia y drama, combates marciales y tiroteos, persecuciones en coche, saltos vertiginosos, etc. No quiero limitar­me a repetir lo que hacía Bruce Lee, he hecho cosas diferentes”.

Y en efecto, Jackie destacó en 1978 al protagonizar “La ser­piente a la sombra del águila”, con una interpretación diametralmen­te opuesta a las mediocres imitaciones de Bruce Lee en las que se empantanaron la mayor parte de los actores chinos de la época. Esta película arrasó en taquilla, y dio lugar a un nuevo género de cine de artes marciales: las películas de Kung fu clásico. Género tan exitoso en Oriente que enseguida saturó el mercado, pero de nuevo Jackie supo innovar, y a mediados de los años 80 inauguró un nuevo estilo: las películas de artes marciales policiacas, dentro de las cuales su serie “Police Story” fue pionera, y es hoy en día todo un clásico.

En pocos años Jackie ya era un ídolo de masas en todo el sures­te asiático, pero apenas era conocido en Occidente, donde además, tras la muerte de Bruce Lee, el interés por el cine de artes marcia­les había caído en picado. Y Jackie sabía que para triunfar en el cine mundial no había más que un sólo camino: triunfar en Hollywood.

Ni corto ni perezoso, se puso a ello. Pero este iba a resultar el reto más difícil y frustrante de su vida. Su primer intento por entrar con fuerza en el cine norteamericano fue bastante temprano: en 1980 se puso bajo la dirección de Robert Clouse (famoso por haber dirigido el gran éxito occidental de Bruce Lee “Operación Dragón”) y protagonizó en Estados Unidos “La furia de Chicago”.

Pero la película, aunque de buena calidad marcial, resultó un fiasco comer­cial, y Jackie regresó a su “feudo asiático” bastante escaldado por la experiencia. El público occidental aún no estaba preparado para el estilo cómico y acrobático de Jackie, seguía esperando a un segundo Bruce Lee que nunca llegaría.

Así que hasta cinco años después Jackie no volvió a intentar triun­far en Estados Unidos, esta vez con “El protector”. Para asegurar el éxito se rodó en Norteamérica, con un director foráneo y persona­jes de la talla del premiado actor Danny Aiello y de la estrella marcial Bill Wallace haciendo de villano. Jackie accedió incluso a occidentalizar su estilo, reduciendo la duración y fantasía de sus combates y adoptando “aires de duro”. Y este fue precisamente su error en esta ocasión, el dejar de ser él mismo:

“En ‘El protector’ pretendieron hacer de mí una especie de ‘Clint Eastwood asiático’. Evidentemente, aquello no resultó; yo he triunfado por ser como soy, por ser Jackie Chan.”

La película pasó sin pena ni gloria, y Jackie salió escarmentado. En este sentido se comprenden sus resentidas declaraciones posteriores: “Prefiero ser un rey en Asia que ser ‘el último mono’ en Estados Unidos. Muchos occidentales aún no se dan cuenta de que Asia es, sin duda, el mayor mercado del mundo, ¿por qué habría de renunciar a un público potencial de 2.500 millones de espectadores?

Estoy seguro de ser la mayor estrella de Asia. Si con mis películas puedo ganarme a la audiencia occidental, mejor que mejor; pero no voy a cambiar mi forma de hacer películas para conse­guirlo, me encuentro satisfecho con el mercado asiático. Tal vez el público occidental necesite tiempo para familiarizarse con mi imagen y mi trabajo, pero yo no puedo esperar a tener 60 años para ser reconocido”.

Necesitó esperar una década, para que uno de sus films, “Duro de matar” (1995) lograra sorprendentemente un gran éxito en Estados Unidos. Este fue el principio de su largamente deseada carrera hacia el estrellato mundial. Apenas tres años des­pués, una superproducción titulada “Hora punta” confirmó y consolidó la fama de Jackie en Hollywood. Ya se podía decir que Jackie era una superestrella mundial, a partir de aquí compagino el mercado occidental con el oriental siendo la única estrella que ha conquistado los dos mercados.

La saga de “Hora punta” y “Shanghai Kid”, films como “Karate Kid”, “El reino prohibido” etc. triunfaron en taquilla, por ello y por su trayectoria en Hollywood, el pasado 11 de noviembre por fin y tras duros años trabajo, se le ha reconocido su labor dentro de la industria del séptimo arte.

Personalmente me alegre muchísimo por el reconocimiento de la Academia, recuerdo que cuando Jackie Chan pasó por Madrid para promocionar “Duro de Matar”. La noticia fue acogida con bastante frialdad por los medios de comunicación hasta el punto que la mayoría de ellos, ni comparecieron, por lo que la productora nos concedió un encuentro privado con él de media hora; el cual se alargó bastante simplemente porque no había nadie más. Jackie Chan se llevó una sorpresa al ver la cantidad de material e información que poseía sobre él, obviamente mi equipo estaba formado por alumnos que le admiraban y respetaban por lo que aquello fue un bálsamo ante el desplante que había sufrido por parte de la prensa española.

Durante la entrevista & sesión fotográfica pude apreciar varias cosas, entre ellas: Jackie Chan no era tan presuntuoso como Jean Claude Van Damme; no era una mezcla de místico y estrella de Hollywood como Steven Seagal y tampoco era tan humilde como Chuck Norris. Era simplemente, la estrella número uno del sureste asiático y como tal está acostumbrada a desenvolverse con los medios de comunicación.

Se mostró algo serio (contrastando con la imagen que da en sus películas); sabía en todo momento dónde estaba la cámara (sonriendo cuando esta se va a disparar), sus gestos y ademanes eran muy exagerados, se notaban los años de trabajo en la Opera de Pekín y… a nivel marcial era un auténtico maestro. Durante la sesión fotográfica tuve la oportunidad de intercambiar técnicas y poder apreciar su rapidez, potencia y variedad de recursos técnicos.

Años después volvió a Madrid para promocionar “Shanghai Kid”, en esta ocasión los medios de comunicación se movilizaron para acceder a él, la productora nos concedió veinte minutos los cuales serían compartidos con otra publicación. Al entrar en la sala Jackie Chan, para sorpresa de quien suscribe esto, me reconoció y saludo, inclusive y a pesar de las protestas por parte de la productora, rompió su agenda y posó para nosotros durante unos minutos, por lo que pude comprobar que aparte de las cualidades que he comentado anteriormente, poseía otra: La gratitud, la misma con la que Hollywood le ha premiado por su aportación al séptimo arte ¡Enhorabuena Jackie, te lo mereces!

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